
Floto
sobre una llanura infinita,
gélida,
inhabitada.
El sonido del silencio
me aturde,
cual enjambre enardecido.
El viento me atraviesa la piel
como vidrios rotos suspendidos
en la luz difusa y azulada,
diminutos fragmentos que me dejan
desprotegida, vulnerable, abatida,
convertida en el despojo
de lo que alguna vez fui.
La luna, redonda y altanera,
brillando en todo su esplendor,
se cierne sobre mí
riéndose burlona.
Y como un tiro certero,
directo al corazón,
el miedo y el dolor
se instalan en mi alma,
desdibujando
el intrincado laberinto de mi ser.
Deja un comentario