
El fresco y suave tacto de la brisa de primavera
me recuerda que estoy viva —maldita sea!!-
y abre de nuevo mi herida.
Una herida que parece infinita,
sin borde ni final;
que está ahí para obligarme
a recordar
y revivirlo todo,
una y otra vez.
Y cuando ese dolor profundo y visceral reaparece,
soy un animal herido:
huraña, salvaje, esquiva.
Absolutamente vulnerable,
lamiéndome las heridas,
lamentándome de mi suerte.
Pero la verdad es otra.
Si, soy una víctima de las circunstancias,
de la vida tal cual es,
como el resto de la humanidad.
Pero a veces, muchas veces,
también soy víctima de mí misma:
puedo ser causa y consecuencia
de mi propia destrucción,
en un ciclo infinito
de odio
y autocompasión.

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